Hacía frío al bajar de aquel tren, pensaba que no llegaría nunca: las nevadas que habían provocado los retrasos habían cesado al fin, como si quisieran dar un respiro a los viajeros y les permitiesen benevolentes regresar a casa en unas fechas en las que apetece sobremanera reunirse con los seres queridos, seas creyente o no.
En ese momento ninguna de las capas de ropa, ni todas juntas conseguía quitarle el frío: es lo que tiene Diciembre. También podría ser por el frío que sentía al estar tanto tiempo sin tener el cariño físico de toda esa gente que por algún extraño motivo le apreciaba.
La estación tenía ese toque melancólico a la par que alegre que tienen las pequeñas estaciones de pueblo. Ladrillos colo rojo apagado y columnas color negro, con un techado metálico que pedía a gritos una reforma. Un reloj de esfera metálica marcaba con sus grandes números negros la hora a la que había llegado a su destino; y un guardia avisaba con su silbato la inminente salida del tren hacia su siguiente parada. La estación no tenía más de dos andenes: uno para los que se iban y otros para los que llegaban, y era este último en el que más gente había a pesar de que no bajaba mucha gente de ese tren.
Los viajeros que se habían apeado viajaban con mucho equipaje, al igual que ella. Algunos viajaban con animales, y recordó el desasosiego que le producían los pájaros enjaulados, quizá por eso no le gustaba tener pájaros en casa, a pesar de su agradable canto. Entre los viajeros estaba el militar, un joven rubio vestido de uniforme que le había llamado la atención ya que solo llevaba una bolsa muy grande, un petate, y que seguro sería algún tipo de héroe de guerra que regresaba a casa y le daría una gran sorpresa a su madre, o eso quería pensar. Le había mirado mucho, a veces con descaro, pero era algo innato en ella que no tenía ganas de disimular; él le devolvió la mirada, ella la bajó y se descubrió sonriendo. Cuando la gente se fue disolviendo, vio al joven que se reencontraba con algunas personas, él se volvió y le dijo algo que ella entendió como un "adiós" y ella le deseó en silencio buena suerte y le dedicó una sonrisa.
Al final tuvo que salir sola del andén. Al entrar en la estación y tras ver a un gran grupo de gente, cayó en la cuenta de que iban corriendo en su dirección, sonriendo y gritando su nombre (para sorpresa de los demás presentes allí). Siempre tan puntuales. En ese momento dio gracias al cielo por tener unos amigos como ellos y supo que probablemente en ese momento medio mundo la envidiaba por contar con esa gente que le habían hecho sentir la necesidad de quitarse alguna de las capas de ropa, y es que por algún motivo ya no tenía frío.
